martes, 18 de octubre de 2011

Quince de febrero.

Recuerdo que una vez me dijeron que lo único que no se olvida es lo duradero. Que las otras cosas vienen y se van. Y si, eso es cierto. Todo viene y se va: las flores, la bebida, los rollos de una noche, incluso el éxtasis que supone ganar una carrera. Y si, al final, siempre llega el olvido. Cuando las cosas se quedan escondidas en una pequeña caja dentro de la cabeza. Y de vez en cuando salen a la luz. Cuando te da por abrirla y decir: "joder, que buenos tiempos aquellos", y comienza la risa, el "ahora me río, pero como lo pase", incluso, de vez en cuando entra la nostalgia. En remotas ocasiones aparecen las lagrimas. Cuando la belleza de los instantes produce una sensación de anhelo superior a lo que se pueda imaginar. Y claro, después estas tu. Que no creas ni risa ni lagrimas. Que creas una sensación diferente, porque eres capaz de encender y apagar mi rabia, en el periodo que dura un intercambio de miradas. Eres capaz de crear un leve recuerdo que se eclipsa al pensar en la de cientos de promesas que todavía no has cumplido, pero que sin embargo, me hubiera gustado, mas bien encantado que hicieras. La sensación esta de haber creado adicción, de querer tenerte cerca, de no hacerlo porque me puede el orgullo, de autoreconfortarme diciéndome: "que no, que eres un puto cabrón" Y aun con eso, querer que no te vayas de mi lado. Ser tan sumamente masoquista como para pensar que donde mejor estoy es contigo.

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